Con A de Ana
ideas sobre el tiempo y la granola
“Ya llegué, estoy esperando que me den una mesa. Está explotado” le escribí a Andrés a los 5 minutos de llegar a Lamiak. Si esto fuese un episodio de Los Supersónicos el mensaje se habría mandado con olor a carrilleras y croquetas. Mientras esperaba saqué el libro de mi mochila. Es el último de Ana Flecha, y el primero que saqué en la biblioteca que queda a tres cuadras de casa. Fui a mediados de esta semana en un ataque de culo inquieto después de haber terminado Seismil. Terminar libros (sobre todo esos que me gustan) me genera satisfacción y un poco de angustia al mismo tiempo.
A Ana la conocí en persona hace ¿un par? de meses en el taller de Acoidán (¿va con tilde o sólo yo lo pronuncio así?). En el primer encuentro estábamos sentadas con una persona de por medio, pero me había fijado en ella porque me había gustado su cuaderno, porque fue la única que no había llevado computadora (ordenador) y por su pelo largo lacio y metálico. La segunda cosa que me llamó la atención fue cuando leyó uno de los textos que escribió en clase, en su cuaderno, con una tinta medio turquesa. Bueno, tal vez era una birome BIC normal y yo simplemente romantizo el recuerdo, no sé.
La semana siguiente nos volvimos a ver. Esta vez no llovía y, si bien llegué dos minutos antes de que empezara la clase, habían más sillas vacías. Me pregunté si alguien ya habría abandonado el taller. Había un lugar al lado de ella y me senté. Acoidán (¿Acoidan?) comentó que Fulana y Mengano no iban a venir. Hice un recuento de cabezas veloz y me di cuenta de que las hermanas que me caían bien no habían llegado. Ana abrió su cuaderno. Esta vez no habían páginas en blanco sino unos nombres (los nuestros) anotados en mayúsculas, con la misma tinta turquesa y abajo sus comentarios sobre nuestros textos. Miré de costado todo lo que pude sin quedarme bizca a ver si encontraba mi nombre.
Esa mañana, de camino al taller, terminé de leer algunos textos que habían subido muy tarde y no los había visto. Todos tenían el nombre de quién lo había escrito. El de ella era el único que tenía apellido. Leí Texto Ana Flecha taller Acoidan unas cuantas veces, sin entender por qué me seguía sonando tan familiar. Decidí pensar que simplemente era el juego de palabras o que las A de Ana se veían como flechas y tal vez era mi cerebro inventando o relacionado cosas.
Ana se había presentado como traductora el primer día. El segundo, al escucharla leer el inicio de su texto, me di cuenta de que era la autora del primer libro que compré en Madrid. No ese, sino ella. Ella fue mi primer libro. Lo elegí en La Feria del Libro al ver (los colores) la tapa y el título. Y su nombre. Esa tarde volví y compré dos más. Pero arranqué por Piso compartido porque era rosa y chiquito y tenía una flor dibujada en la tapa.
En la última clase descubrí quién era. No es que se haya presentado como una persona distinta de la que era, al contrario. Fue ella en su versión más transparente y vulnerable creo. Y digo creo porque claramente no la conozco pero, también en la última clase, su amiga recomendó su último libro. Me acuerdo que me tuve que ir sin saludar a nadie, medio en puntas de pié, dije chau suavecito, para intentar interrumpir lo menos posible. Agarré mi paraguas (siento que en algún momento de los últimos meses Madrid se rompió y no para de llover) y me fui.
Fue raro, como terminar algo sin un cierre. Claro, fui yo la que me escapé de ese cierre tal vez. De esa clase me quedé con que Aciodán me recomendó terminar el texto que había escrito con algún hito como, por ejemplo, tu mudanza a lo de Simon. Lo pensé, pensé que tenía razón (seguramente la tenga) pero decidí seguir escribiendo a pesar de. Al final siempre me gustan más las cosas cuando no tienen un cierre definitivo.


Domingo 25 de enero
Extraño a mi vecina. Ya va un mes (¿o dos?) desde que me mudé. No es que no tenga vecinos acá. Pero son distintos. Sus ventanas están más lejos y desde que empezó el invierno no salen más al balcón. Los viejitos del cuarto piso de en frente siguen vivos. Pensaba que no. Ya no salen más al balcón a jugar a las cartas y tomar cervezas (tiene sentido con este clima) ni escucho a sus perros ladrar a la gente que camina por la calle. Ayer cuando salió el sol, salió la señora en su pijama y nos saludamos a lo (no tan) lejos.
Acá mi relación con los vecinos es más sonora que visual.
La puerta de entrada de mi vecino de al lado necesita WD-40. Hay noches que estoy sentada en el sillón (leyendo, tejiendo, comiendo, mirando, hablando o ninguna de las anteriores) y el tac-tac-tac-tac grave y denso de la puerta abrirse o cerrarse en cámara lenta me transporta al pasillo. La semana pasada salí con una botella de lubricante para hacer la misión a escondidas, pero me di cuenta de que las bisagras estaban del lado de adentro.
Me levanté e improvisé un plan con Ana (la otra Ana). Salimos a pasear y terminamos merendando en uno de los pocos cafés que no cierran a las 5. De camino a casa, pasé por una de mis librerías preferidas y mis ojos se frenaron en seco en un libro que había ya visto varias veces y me había llamado la atención. Le pregunté a la-otra-Ana si le molestaba entrar, no, obvio, vamos que de hecho estoy buscando un libro. Mientras ella hablaba con el librero, traté de encontrarlo con la mirada pero nada. No sé por qué no pedí ayuda. El libro que la-otra-Ana buscaba no lo tenían. Ya en la caja, lo encontré ahí apoyado. Seismil. Lo agarré y le dije al librero me lo llevo. Me comentó algo de que una compañera suya lo había leído. No le presté atención a su relato. Me preguntó si quería bolsa y miré mi bolsito y le dije que no.
Lo leí en dos días. A veces me pasa eso con los libros que me gustan: no puedo parar de leerlos y al mismo tiempo no quiero terminarlos. Y este libro me dejó con un montón de cosas en el cuerpo, muchas en la garganta. Cuando lo terminé me quedé un rato sentada en el sillón, haciendo nada.
Hasta que el tac-tac-tac-tac me despertó y volví a la realidad.
Miércoles 28 de enero.
Cuando me mudé tuve que volver a deshacerme de cosas. Me abrumé con la cantidad de cachivaches acumulados y creo que me terminé desquitando de algunas cosas que no hacía falta. Reduje la cantidad de libros en papel, al menos los que tengo en mi biblioteca, porque no entraban. Tengo un kindle que es lo más práctico del mundo para leer cuando quiero viajar con muchos libros a la vez, o cuando estoy apretujada como sardinas en el metro y no hay espacio físico para tener un libro de papel abierto de lado a lado. Pero no es lo mismo. Me gusta subrayar en papel y no con el dedo, me gusta escribirle mi nombre, fecha y ciudad en la primera página, me gusta elegir espontáneamente el señalador que voy a usar. Puede ser una servilleta de papel de El Globo de Bilbao, puede ser uno de los señaladores que me regaló Luz cuando me fui de Holanda, puede ser una postal de Tam de UK o puede ser un papel cualquiera que encontré por ahí.
Hace días venía pensando en pasar por la biblioteca que queda por Ronda de Toledo. Averigüé los horarios en internet y si tenía que llevar algo en especial para anotarme y fui. Llovía, pero de esa bien finita, en horizontal, con viento, que no se siente pero moja y usar paraguas es lo más inútil que podés hacer en ese momento. Llegué con los anteojos llenos de gotitas y se me empañaron un poco al entrar. Me limpié los anteojos (ya pierdo la cuenta de cuántas veces al día), hice la fila y una señora de anteojos finitos me tomó los datos. ¿Puedo ya sacar un libro? le pregunté. Pues sí, claro. Y le dije, modulando exageradamente (no sé por qué) Planeta solitario, de Ana Flecha. Me escribió en un recortecito de papel FLE-pla y me señaló los anaqueles donde tenía que ir a buscarlo.
Volví a su escritorio con el libro entre manos y metí el papelito que me dio dentro. Qué rápido me dijo, y yo me pregunté cuántos de esos papelitos recortados para escribirle cosas a la gente tendría en su mesa. Lo metí en mi bolsito, me puse la capucha, y mientras volvía caminando para casa la llamé a Shiru. Le dije que después de tanto cambio quería recuperar mi rutina. Me contestó que no era cuestión de recuperar ninguna rutina, sino de armar una nueva.
Llegué a casa, me senté en el sillón y al abrir el libro se me cayó el papelito. Ahora lo uso de señalador.


Viernes 6 de febrero.
Le dije a la-otra-Ana de ir al cine. Tenía un manojo de películas que están en cartelera (hola, temporada de premios) para ir a ver pero arranquemos por Hamnet le escribí por mensaje. Compré las entradas para mañana, que seguro sigue lloviendo.
Simon salió al gimnasio y yo aproveché para terminar de leer mi libro. Bueno, el libro de la biblioteca. La primera página claramente no tiene ni va a tener mi nombre escrito con lápiz, pero tiene un papel pegado con sellos de fechas en los que los anteriores “alquiladores de libros” tienen que devolverlo. Tampoco puedo subrayarlo, pero noté dos o tres páginas que habían tenido la esquina doblada.
Así que al no poder intervenirlo demasiado, termino sacando fotos a las cosas que subrayaría. Sé que es inútil, ¿cuántas veces voy a meterme en mi carrete del teléfono para mirar entre medio de fotos de señores en librerías y pedacitos de Madrid y de mi casa, para encontrar una página de un libro sin tocar?
Sábado 7 de febrero.
Terminé el libro. Otra vez esa sensación de (algo) al terminar un libro y de un mini vacío porque era algo que me gustaba. Aprendo de la vida de Ana, o de la Ana que quiere mostrar. Ahora que “sé” cómo es, la leo distinto. Creo. Me sorprendo al leer la cantidad indefinida de páginas donde escribe o describe cosas de la misma forma que las veo yo. Bueno, tal vez un poco de eso se trate escribir, y tal vez ahí también está la magia: de vincularse con otro sin conocerlo, de reconocerse uno mismo en palabras que tecleó otra persona, porque al final del día nos terminamos solapando en estos distintos universos o planetas (que en este caso tienen en común la biblioteca, y esa misma bibliotecaria sellando la fecha de devolución).
Miro el reloj y se me hace tarde, salgo, bajo tres escalones, y me doy cuenta de que me olvido el paraguas y el libro que le quería regalar a la-otra-Ana. Salgo, abro el paraguas, me cruzo con gente, lo levanto para no chocar a nadie. Camino a paso apurado por calles que no suelo transitar. Es un ejercicio que me gusta hacer, por eso también a veces elijo lugares no tan cómodos para ir.
Llego al cine y entre la muchedumbre (parecía la entrada a un teatro) cruzamos miradas con la-otra-Ana. Le di el libro y las explicaciones de por qué se lo estaba regalando y entramos a la sala. Poder poner el teléfono en modo avión es algo que me relaja mucho. No entiendo, como dice Ana en su libro, la gente que se conecta al wifi de los aviones cuando es el único espacio donde tenemos la excusa perfecta para estar desconectados. Y yo me pregunto, ¿por qué no lo pongo en modo avión en momentos aleatorios de mi día?
Me pasé casi toda la película con la cara mojada y la garganta apretada.




Domingo 15 de febrero.
Me metí en la ducha y el agua caliente me recordó los lugares exactos donde me quemé cocinando. Bueno, supongo que es eso, porque sentí un leve ardor en algunas líneas del dorso de la mano y en algunos dedos. No me acuerdo cuándo fue. Seguro algo poco poético, como sacando la granola de la aifryer y tratando de auto-robarme algún manojo demasiado caliente para disfrutarlo.
Cuando salí vi que tenía una llamada perdida de mi mamá. Se la devolví. En los 55 minutos de conversación me contó que chocó (o la chocaron), que está contenta con el taller de arte que está haciendo, que mientras me hablaba estaba caminando por el río con Fiona y que está plantando jazmines, madreselvas y algunas plantas típicas toscanas en su jardín. Escucharla mejor me hace bien. Me preguntó por cómo va la convivencia, ya vas dos meses, ¿no? Y le contesté que bien, salvo cuando se termina los chocolates. Nos reímos.
A veces me cuesta medir el tiempo. Hay días donde siento que faltan 70 horas para la hora del almuerzo y cortar con el trabajo y otros donde pienso ojalá que este masaje no se termine, ¿ya pasó la hora?
A veces mido el tiempo de otras formas que no sea mirando el reloj: una clase de baile dura 50 minutos, caminar hasta el trabajo una hora y siete minutos si me distraigo con los perros que me cruzo por la calle o una hora y un minuto si voy escuchando un podcast. Una tanda de granola me dura una semana, exactamente de domingo a sábado. Al menos cada 29 es de ñoquis y siempre compartido, y cada unos cuantos meses Mario hace su locro.
Pero a veces cuando me preguntan hace cuánto vivo acá o hace cuánto se murió mi papá o hace cuánto me separé o cuándo fue la última vez que me vino, me cuesta un poco poner una fecha. Y cuando hago memoria (o cálculos) me termino sorprendiendo de mis respuestas.


Hoy es domingo y no hice nada. Me cuesta (cada vez menos) no hacer nada. Hoy es domingo e hice granola. Siempre la hago distinta, pero el concepto es el mismo: un “pegamento” que mezcla aceite de coco, tahini y miel, con mucha canela y jengibre, que a veces puede tener ralladura de naranja, o de zanahoria o una banana aplastada, y muchos frutos secos, avena, y siempre sal gruesa. Siempre cambio la “receta” y me divierte saber que incluso si sale mal, en una semana hago una nueva.







¡Ay, Anush! ¡Qué precioso! Me he emocionado de verdad. Muchísimas gracias por tus palabras ❤️
Me ha encantado leerte. Y vaya fotones. Gracias :)