SOBREMESA
Vorágine de octubre y sandwichitos
Domingo, 28 de septiembre.
Hace unos domingos atrás vino Abi a comer unas arepas a casa. Mi noche del sábado había sido un poco larga y, si bien no tenía planes para el domingo a la tarde, no tenía muchas ganas de estirar la comida.
Llegó un poco tarde y en lugar de traer postre, vino con el vino que siempre quise probar (solo juzgándolo por su etiqueta pintada a mano). No me (se) equivoqué (ó).
Comimos las arepas, terminamos el vino, y nos invitamos mutuamente a tomar el postre a una de mis heladerías preferidas, Mares. Hablamos con el dueño sobre Puerto Madryn, Mar del Plata y el cardamomo con chocolate. Le dije a Abi de salir a caminar sin rumbo y terminamos tomando un vermut en una terraza en Olavide. Se mudó hace unos cuantos meses a Madrid, pero todavía no conoce ni se orienta tanto. Me dijo que le gustaba conocerla a través de mí. Le dije que le quería mostrar mi bar preferido, que había descubierto gracias a Simón, y fuimos caminando por una Madrid bien vacía de Agosto hacia el sur.
Abi es una amiga que me fui haciendo de a poco. Nos conocimos hace unos años pero al principio hablábamos y nos veíamos poco: ella vivía en Ámsterdam y yo recién me había mudado a Madrid. Marplatense como los sorrentinos, bostera de nacimiento, y con el pelo largo y negro hasta la cintura. Un día de abril, apenas se había mudado acá, me la crucé por la calle parada, con los ojos cerrados “mirando” al sol. Yo estaba con mi mamá y ella con un amigo. Así que buscamos un café por ahí y nos sentamos un rato a charlar. Creo que la conocí más por las charlas que tenía con mi mamá mientras yo las miraba de espectadora.
Entramos a Savas, nos sentamos en la barra, apoyé mi cámara que estuve paseando toda la tarde sin sacar una sola foto, y pedimos mis dos tragos favoritos. Cuando estábamos de camino le expliqué por qué era mi bar preferido, y uno de los motivos eran sus dueños. Nos pusimos a hablar a veces nosotras dos, y de vez en cuando con ellos sumándose a la conversación. Se liberó la mesa de la ventana y nos pasamos ahí. Le saqué un par de fotos a los vasos semi vacíos (que me gusta mucho más que lo recién servido, prolijo y no vivido) y una a ella. Me preguntó, apoyada sobre la barra, si podía sacarme una foto ahí, en la ventana.
Siempre saco fotos pero rara vez salgo yo en ellas. Tampoco sé cómo salir en fotos así que me refugio en esa excusa. Le explico cómo usar la cámara y puse los parámetros para que saliera bien con esa luz de tarde de domingo. Era la última. Emocionada, le explico cómo “rebobinar” el carrete y sacarlo. Pero con el atolondramiento por mostrar todo, abrí la cámara sin hacer los pasos anteriores. Listo, perdí todas las últimas fotos: ella, los vasos y yo. Unos días más tarde lo llevé a revelar a Miyagi. Tardaste esta vez me dijeron al llegar.


Estando de viaje me llegó el mail con las fotos ya digitalizadas. Las miré. Algunas estaban desordenadas cronológicamente (me pregunto si cortarán el carrete en tramos y tal vez por eso las mandan en distinto orden). En el medio estaban las últimas fotos veladas. Mientras escribo esto, me auto interrumpo para volver a ver las fotos de ese carrete. Sonrío porque las fotos veladas no son fotos blancas: las miro y sé que atrás estamos nosotras. A veces, cuando me quedan pocas fotos para terminar el carrete, me agarra un poco de ansiedad y disparo fotos a cualquier recorte dentro de mi casa para terminarlo y llevarlo a revelar. Generalmente son las fotos que más me gusta. Supongo que es porque no espero nada. También porque los vermuts en el banco y los tomates en mi mesa fueron en San Isidro después de chocarme a Simón. Sacar una foto a veces me genera una mini dicotomía de “si saco la foto no estoy disfrutando el momento” pero en realidad sí: no sólo analizo el pedacito que elijo recortar, sino que al verlo después en el papel me lleva instantáneamente a ese lugar. Aunque sea una foto quemada al final del carrete.


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Algún sábado de fin de septiembre o de principios de octubre
Viene Martina a brunchear. También viene Cintia. Iba a venir a Madrid el finde pasado pero no consiguió pasaje. La ironía es que casi tampoco viene hoy porque le cancelaron el viaje. Pero vino igual, así que le dije que venga a casa.
No se conocían. Supongo que alguna vez le conté a la otra alguna anécdota. Llegaron juntas. Empujaron la puerta de casa (que dejé entornada) y nos abrazamos. Tomamos mates y comimos salado-dulce-salado-dulce-dulce. Pasaron las horas y cambiamos la sobremesa al balcón. Llené el tercer termo con agua, cambié la yerba y saqué un platito con unas masitas y alfajores. En una de las idas y vueltas a la cocina vi a las chicas charlando y les saqué una foto con la analógica.


Las interrumpí con un ¿salimos a dar una vuelta? (que creo que es una de las cosas que más extraño de Colegiales) y terminamos en La Casa Encendida, en una muestra que quería visitar. Ahí nos encontramos con Ceci (tampoco las conocía) y nos recorrimos Madrid de centro a sur y de sur a norte (acarreándolas a mis quehaceres, que se volvieron tanto más dinámicos y fáciles con ellas). Terminamos en Mercato Italiano y las dejé a las tres, haciendo sobremesa de nuevo.
Al día siguiente, las tres por separado me mandaron mensajes agradeciendo por el lindo “domingo” que pasamos juntas. Las tres se confundieron con el día. Sí, supongo que se sintió como un domingo en familia.
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Jueves 9 de octubre, Barcelona.
En el medio de la vorágine de la inauguración de las dos estaciones, me llega un mail con las fotos. Miro dos veces el título del correo para asegurarme que son las fotos digitalizadas y no otra notificación. Dos carretes al mismo tiempo. Llegaron antes de lo esperado. (Un día antes, pero en el mundo analógico, o al menos en el mío, es un montón). Las miro entre rápido (para dar un pantallazo de todo lo que pasó estos meses) y con toda la calma que me permito. Me encantan. Son recortecitos de viajes y visitas y picadas y sobremesas. Están las manos de mi mamá preparando sardinas. Lore en la terraza un segundo después de decir me da vergüenza y yo contestándole algún chiste que ya no me acuerdo. Martina en mi balcón. Simón en su terraza. Las half frame que le saqué a Pane en Holanda y que él me sacó a mí cuando volvía a la mesa. Luz. Vicky. Las miro rápido, las comparto con los que salieron en las fotos y las vuelvo a mirar: es mi parte favorita, la de volver a ver los momentos que tal vez en su momento no les di tanta importancia.
Así que sí. Sacar fotos no me desconecta del momento. Es una forma de experimentarlo.









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Jueves 16 de octubre, La Palma (Canarias).
Llueve y me encanta. Escribo con la computadora sobre mis piernas, suena Vinocio y a mi lado tengo una copa de vino canario vacía y un pote de Nutella lleno. Hoy fue un día tranquilo (aunque me levanté 6.30 para ver fallidamente el amanecer del otro lado de la isla), usé a la lluvia como excusa.
Volví al restaurante en el que comí apenas llegué a la isla. Fue una de las mejores experiencias culinarias que tuve, y creo que fue una sumatoria de muchas cosas. El lugar, la música, el único camarero atendiendo (pero que siempre estaba presente) con una serenidad poco común, carta corta pero increíble, y mi tranquilidad. Esta vez llegué 5 minutos más tarde de la reserva (y justamente, esta vez reservé), y a pesar de que había llamado para avisar que llegaba tarde, llegué un poco atolondrada. Me excusé y le dije que, aunque lloviera, prefería sentarme afuera. Carlos, como siempre, y como todos acá, tranquilo: la misma de siempre me recibió, mientras pasaba un trapo por la mesa húmeda.
Me senté en la misma de la vez pasada. Afuera siempre están libres. Ambas veces me resultó extraño que la gente prefiera sentarse adentro. De fondo se escuchaba una seguidilla de tangos. Fue hermoso, porque manejando para llegar me quedé sin señal, y sonaba mi playlist argentina que es la única que tengo descargada. Fue como una extensión de ese momento.
A medida que iba llegando gente me saludé con algunos, que ya me había cruzado en algún momento en la isla, entre ellos mi vecina. Parece que la música la pusieron por ti me dijo medio en broma. Cuando me fui lo saludé a Carlos y le dije que esperaba volver antes de que cierren el domingo, pero no estoy segura de que pueda volver. La isla es chica, pero los mediodías son cortos. Compré una botellita del vino que producen con las vides del jardín del restaurante y volví para casa.
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Martes 30 de septiembre
Siempre me va a parecer rarísimo el orden de las estaciones del hemisferio norte. Entiendo perfectamente que es porque crecí y viví casi toda mi vida en el sur, pero hay un orden lógico y (en mi cabeza) ordenado de empezar el año con calor. De que fin de año, cuando nada te importa, esté combinado con el inicio del verano. Que el año escolar empiece y termine en un año calendario. Pero bueno, supongo que me harán falta algunos septiembres más acá para terminar de acostumbrarme.
El domingo hicimos asado en lo de Simón con Lore y Tomas. En el medio de la sobremesa Lore me contó al pasar que al día siguiente iba a tomar una clase de tejido. Me terminé anotando a los 5 minutos. Sé tejer, me enseñó mi hermana y después mi abuela, en uno de sus viajes de verano a (y de) Argentina. Sé tejer y me encanta, pero nunca “tengo tiempo”. Así que ir los lunes caóticos por las tardes-noches a tejer me parece un planazo.
Ayer llegué a la clase y me recibió Carmen con más paciencia que la de los canarios. Tres minutos más tarde llegó Lore, con un envión y energías de dibujito animado. Tuve que esperar un manojo de minutos para que Carmen pudiera explicarme a usar agujas circulares. Me enseñó a tejer con la mano izquierda. Desaprender es un poco más difícil. Ella hace parecer todo simple. Volví a casa y destejí todo lo que había hecho. Al día siguiente fui al local y compré unos ovillos que me habían gustado. Voy a hacer un chaleco le dije a mi mamá cuando hablé por videollamada. ¿Vas a empezar por algo tan complicado, por qué no empezás por una bufanda? Después de destejer unas cuantas veces más hasta llegar a la siguiente clase decidí no hacerle caso y tratar de avanzar despacio con mi chaleco.
Las clases son una gran sobremesa. Llegamos todas con nuestras energías revolucionadas de lunes, siempre un poco atolondradas por llegar “tarde” del trabajo, porque los lunes siempre son lunes, y los de septiembre/octubre más aún. Marta trabaja en una consultora enorme pero tiene un proyecto culinario hermoso. Lore hace algo así como el trabajo de mis sueños, también relacionado con la gastronomía pero desde el lado del branding e identidad, y Carmen es nuestra profesora con mucha paciencia, pero es cocinera. El tiempo ahí adentro pasa de otra forma. No diría rápido, porque lo disfruto. Pero tiene otro ritmo. Y me encanta. Como el de cualquier sobremesa.




Una serie
Department Q en Netflix. Corta y atrapante.
Una peli
El maestro que prometió el mar, es una peli que había querido ver cuando salió en el cine pero nunca pude ir, y ahora vi que también está en Netflix.
Un libro
Recién terminé Las gratitudes, de Delphine de Vigan y me encantó. También leí Escribir antes, de Sabina Urraca. Ambos son super dinámicos de leer.
Una canción
Untitled. Me había olvidado de su existencia y ahora que la escucho solo puedo pensar en la escena de Friends cuando Joey va a buscarla a Rachel a su habitación de hotel.
Una receta
No voy a poner la receta de las arepas porque 1. seguro la bastardeo, y 2. es muy fácil y en internet hay miles. Yo lo único que hago para que quede (a mi gusto) más rico es dorar un poco la pechuga en lugar de hervirla y le pongo muuucho cilantro porque lo amo.
Estoy en mi sandwich era y el otro día me hice uno con calabaza asada que tenía y quedó muy bien. Tan simple como comprar un buen pan (gracias Santo por existir), en una tapa le unté manteca y en la otra mostaza. Después rellené con la calabaza asada bien caramelizada, jamón crudo, quesito rico y espinacas (cualquier verde como rúcula o berro va genial). Si hubiese tenido higos le habría agregado. Con pollo seguro también quedaba muy bien, tendré que probar :)





